Tú que decidiste que tu vida no valía,
que te inclinaste por sentirte siempre mal,
que anticipabas un futuro catastrófico,
hoy pronosticas la revolución sexual.
Tú que decidiste que tu amor ya no servía,
que preferiste maquillar tu identidad,
hoy te preparas para el golpe más fantástico
porque hoy empieza la revolución sexual.
Estas son las líneas de una canción llamada “La revolución sexual”. Y es que creo que el Perú tubo también su etapa púber- adolescente en la que intentó definir su identidad, ser libre, independiente y fue como ese hijo pródigo que gastó toda su herencia y terminó alimentando cerdos para sobrevivir. El peruano, ese que fue largo tiempo oprimido, engañado, ese al que la sociedad le hizo sentir que no valía nada y que prefiere hoy “maquillar su identidad” con ropa que es de aquí pero parece de allá y frases made in USA; pareció alguna vez pronosticar también la gran revolución.
Un Perú republicano que parecía ya estar aprendiendo a leer y escribir escuchó la voz lejana de la Ilustración Europea y quiso intentar romper las reglas de la Lima colonial que decía que el orden social de aquel entonces era el orden natural de las cosas. Se intentó pues aplicar la democracia, con todo lo que esto implicaba, y contó un poco y mucho más pero se lograron cosas como la abolición de la esclavitud y el tributo indígena. Básicamente se quiso buscar la igualdad y dar el poder al pueblo para elegir el rumbo que tomaría el país. Pero, ¿cómo erigiría el Perú su propio camino si aún estaba muy joven y no estaba preparado para ser adulto? Quien quiera que pusiese al frente del Gobierno tendría que concebir el rol de guía y educador, en vez de ser el representante del pueblo. Y aquel que fuese elegido, de donde vendría y que intereses perseguiría. Aquí viene entonces, el conservador disfrazado a decirle al pueblo “yo seré tu guía”. Y el Perú, como un adolescente con ansias de vivir, le creyó y le entregó sus riquezas y sus fuerzas. Daba la casualidad por aquel entonces que las ansias de revolución liberal fueron alimentadas por el guano que trajo miles y miles de soles. ¿Y qué pasó con todo ese dinero? Pues mientras unos intentaban pintar de cultura y poesía costumbrista la identidad peruana basada en un criollismo con ligeros rasgos de andino, el dinero se iba en préstamos, implementar armamento y pues en los intereses personales de aquel guía, ese conservador disfrazado que en el fondo creía que cada quien tenía su lugar y que así debía quedarse, que no permitió a ese Perú adolescente progresar. Ese guano, que debió invertirse en la agricultura peruana pero prefirió exportarse y dársela a los extranjeros. No estábamos preparados para manejar una riqueza tan grande, es verdad. Pero los años han pasado desde entonces y yo ahora me pregunto si no nos miramos como aquel revolucionista frustrado que aún espera que vuelva otro golpe de suerte así de fantástico, o si nos vemos como ese conservador que sólo se engaña a sí mismo diciendo que nuestra cultura es la mejor y que Macchu Picchu es una maravilla y la comida una delicia internacional, pero que en el fondo seguimos pensando que “cada quien tiene su lugar” y que en el fondo sentimos que aquel al que le esquivamos la mirada cuando caminamos por la calle o nos sentamos al lado cuando subimos al micro no es igual.
Pienso que ya debería ser momento que rompamos este círculo vicioso y dejemos de ser adolescentes que reclaman libertad, y nos unamos y organicemos como peruanos para buscar un progreso en conjunto, para que vivamos una verdadera democracia en la que la voz del pueblo no sólo sea escuchada, sino que sea este el que tome acciones de cambios y valoremos todo lo que ya tenemos. El dinero no parece ser la solución, si antes nosotros no tomamos una conciencia como nación.
Bibliografía:
La República del Guano, Carlos Contreras y Marcos Cueto
Claudia González


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